Imagina que estás en una biblioteca. Recorres las estanterías con la mirada hasta que un libro en especial llama tu atención. Lo coges y empiezas a leer una, dos, tres páginas. Notas cómo las palabras se te hacen pesadas y necesitas una enorme fuerza de voluntad para terminar el primer capítulo. Lo consigues y empiezas el siguiente, esperando encontrar algo nuevo, pero no. Te das cuenta de que ese libro no es para ti y lo abandonas.
Otra vez recorres -quizás más atentamente- las estanterías y finalmente te decides por otro libro. Comienzas a leer… y te resulta adictivo. Sin darte cuenta ya vas por el octavo capítulo y dos horas se te han pasado como cinco minutos. Te debates entre leerlo todo de un tirón o saborearlo más lentamente. El error más común que cometemos cuando encontramos el primer libro que de verdad nos gusta es que lo leemos demasiado rápido, sin prestar atención a los pequeños detalles, nos saltamos páginas, lo descuidamos… De pronto nos damos cuenta de que las páginas se han acabado y de que hemos llegado al final. Nos queda un sabor agridulce en la boca y lo dejemos en la estantería, algo avergonzados y con la promesa de que el próximo lo apreciaremos más.

Rara vez se encuentra otro libro tan adictivo como el primero, pero supongamos que lo encuentras y esta vez te lo tomas en serio, procurando que dure aunque sea unas horas más, apreciando cada matiz, saboreando todas y cada una de las palabras. Pero el final es el mismo: estas triste y contento a la vez. Contento porque ha sido un excelente libro y estás orgulloso de él. Triste porque al fin y al cabo, ha terminado. Se terminaron las sorpresas, el suspenso, los secretos... Ya has averiguado todo ¿Qué haces entonces? Si te propones buscar otro más como ese, ten por seguro que terminarás solo y nunca volverás a leer algo tan exquisito. Pero si lo vuelves a leer, una y otra vez, al menos podrás seguir disfrutando ¿Y qué pasa entonces? Entras en un estado repetitivo y nada emocionante. Aunque lo leas más de cien veces, terminarás –aunque sea en gran medida- aburriéndote. Y ahí se nos plantea otro problema ¿Qué hacer? Desesperado, buscas libros de segunda mano, de esos que ni tienen nombre. No te gustan, pero sirven para pasar el rato…